Faltas leves

Una pulsera electrónica de tobillo reporta todos los movimientos de Jemarco Baldon. El adolescente está bajo arresto domiciliario y sólo tiene permitido salir a la escuela y al trabajo. Su horario debe ser pre aprobado por el tribunal. Fotografía por Jonathan Gibby.

Una pulsera electrónica de tobillo reporta todos los movimientos de Jemarco Baldon. El adolescente está bajo arresto domiciliario y sólo tiene permitido salir a la escuela y al trabajo. Su horario debe ser pre aprobado por el tribunal. Fotografía por Jonathan Gibby.

Jemarco Baldon estaba sentado en su clase de música en la secundaria en junio tratando de no quedarse dormido durante la película Chicago  cuando un guardia de seguridad le dio un toquecito en el hombro. Un oficial de la policía quería hacerle unas preguntas.

“Dicen [que], ‘lo que se hace en la oscuridad, sale a la luz’”, dijo Baldon. El joven de 17 años sabía que había pasado mucho tiempo jugando a los dados y vendiendo drogas. Inclusive después de haber conseguido un empleo en un restaurante de comida rápida y de haber dejado de traficar, seguía vagando en una deteriorada esquina de Roosvelt Road y la Avenida Springfield donde las apuestas y el tráfico abierto, combinados con las ventas de la tienda Sunshine Food and Liquor de al lado, forman un próspero pequeño distrito comercial en un tramo del de otra manera deteriorado North Lawndale.

En cuestión de minutos, Baldon estaba parado en la entrada de la Secundaria John Marshall Metropolitan esposado. Baldon es un adolescente delgado, quien, de 5 pies 9 pulgadas, pesa aproximadamente 130 libras. Lleva el pelo muy corto, y tiene un gusto por la ropa de diseñador y una habilidad de sonar interesante para su edad. “Supongo que me alcanzó”, dijo.

Hace un poco más de tres meses, un policía encubierto, grabó una compra con valor de $40 de heroína que le hizo durante la Operación COPE, una redada dirigida a acabar con el obstinadamente resistente comercio de drogas del vecindario. La policía no ha revelado cuantas compras encubiertas se hicieron durante los meses en que la investigación se prolongó, pero antes de terminarse, dicen que Baldon mordió el anzuelo dos veces.

Inclina su cabeza hacia atrás y parpadea mientras piensa en los días de la redada. La mayoría de sus ventas pasan juntas en su mente. Por las cuentas de Baldon, dejó de traficar a finales de febrero. “Una vez que conseguí el trabajo, ya no era tan fascinante”, dijo. Pero, antes de eso, vendió heroína durante un poco más de un año desde el callejón junto a la Roosevelt—prácticamente a una corta distancia de donde él y su madre vivían en ese tiempo.

“No es tan difícil vender drogas. Te sorprenderías. A una persona rica del centro puedes ver llegar. No sólo los viejos vagabundos que viven en el vecindario. Es gente de todas partes. La gente viene de fuera de la ciudad a comprar drogas”, dijo. “Se vende sola”.

A sólo semanas antes de que la escuela finalizara para el verano, Baldon fue fichado como adulto con cargos de delito grave por drogas. En una foto policial él está usando su uniforme escolar, una camiseta polo de color vino, con la cual acabó durmiendo en la cárcel del Distrito Harrison. A la mañana siguiente, fue trasladado a la corte del Condado de Cook en la Calle 26 y la Avenida California en un coche de arresto.

Cuando se trata de arrestar a jóvenes de 17 años como Baldon con cargos por delitos graves, Chicago encabeza la lista de las 10 ciudades más grandes del país que reportan datos criminales a la Oficina de Estadísticas de Justicia de EE.UU. y esos arrestos pueden llevar con sí duras consecuencias.

Eso se debe a que Illinois es uno de los 10 estados del país que automáticamente envía a los jóvenes de 17 años que enfrentan cargos por delitos graves a los tribunales de adultos. Un análisis del Chicago Reporter de datos tribunales penales muestra que un creciente número de jóvenes de 17 años en el Condado de Cook han sido acusados como adultos en comparación de hace cinco años. En el 2011, 907 jóvenes de 17 años fueron acusados, un aumento del 15 por ciento de 789 en el 2007.

En el 2012, el Condado de Cook está en camino a superar el récord del año pasado, registrando un 41 por ciento más de convicciones a partir del mes de abril que en el mismo periodo del 2011.

El aumento se produce en un momento cuando los arrestos de jóvenes de 17 años por delitos graves en el país se han reducido ligeramente—por un 1 por ciento entre el 2009 y el 2011—según datos recopilados por la Autoridad de Información de Justicia Criminal de Illinois.

A pesar de la caída en los arrestos, las apuestas siguen siendo altas para los jóvenes de 17 años de edad—especialmente en Chicago, donde se realizan la gran mayoría de las detenciones del condado.

En el 2009, el último año para el que hay datos disponibles, el número de jóvenes de 17-años arrestados por potenciales delitos graves en Chicago—6,133 en total—no sólo superó a todas las importantes ciudades del país, pero casi igualó el total combinado de tres ciudades con los siguientes registros más altos: Los Ángeles, Houston y Filadelfia. El Departamento de Policía de Nueva York no reportó sus datos de arrestos a la Oficina de Estadísticas de Justicia de EE.UU. ese año.

Si procesar a los menores de edad en el sistema de adultos se supone que debe estar reduciendo los peores tipos de delitos, Jeffrey Butts, director de investigación y evaluación del Colegio de Justicia Criminal de la Universidad City de Nueva York, dijo que la estrategia se queda corta. A principios de este año, Butts dio a conocer un análisis nacional de datos criminales que encontró que los crímenes violentos no han disminuido más rápido en los estados donde un gran número de menores de edad son procesados en los tribunales de adultos. “En general, el índice de delitos serios ha bajado en los últimos 15 años”, Butts dijo. Pero, a medida que esos delitos han disminuido, “la policía pasa más tiempo en las cosas pequeñas que antes eran ignoradas”, dijo.

Según los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de EE.UU., una consecuencia no deseada ha surgido del envío de los jóvenes al sistema adulto: los delincuentes más jóvenes del país son más propensos a recaer.

Las averiguaciones del CDC han sido adoptadas por la gubernamentalmente nombrada Comisión de Justicia Juvenil, a la cual se le ha encargado estudiar los efectos de los tempranos encuentros con el sistema de aplicación de ley para adultos.

En la opinión del presidente de la comisión George Timberlake, “un exceso de emoción” ha sido la fuerza motriz detrás del envío de los menores de edad a los tribunales criminales adultos de Illinois. La comisión está a punto de dar a conocer una serie de recomendaciones a finales de este año sobre si el estado debe extender la jurisdicción juvenil a los jóvenes de 17 años que enfrentan cargos por delitos graves.

Ese ya es el caso cuando se trata de cargos por delincuencia o delitos menores.

El Senador Estatal Kwame Raoul, un Demócrata de Chicago quién ayudó a iniciar el trabajo de la comisión, dijo que uno de los mayores obstáculos para cualquier propuesta que envíe a todos los jóvenes de 17 años a la jurisdicción juvenil serían los fiscales, incluyendo la oficina de la Fiscal Estatal del Condado de Cook Anita Álvarez, la cual dijo tiene una historia de presionar por políticas “duras con el crimen”. La oficina de Álvarez se negó a comentar para este artículo.

“No veo que North Lawndale sea más ‘seguro’ de lo que era hace 15 años”, dijo Mariam Kaba, directora del Proyecto NIA, una organización no lucrativa que trabaja con adolescentes. El tener cargos por delitos graves a una temprana edad sólo ha hecho más difícil que los pobres adolescentes obtengan préstamos estudiantiles, se enlisten en los servicios militares o encuentren un empleo, dijo. “Regresan a una comunidad que está aún más deprimida”, dijo.

Baldon, por su parte, sólo trata de quedarse con lo que tiene a su favor, pero, con su caso tribunal alargándose una y otra vez, cada vez es más difícil.

Él está bajo arresto domiciliario y tiene que obtener permiso para trabajar. Cada semana envía por fax su horario a la oficina del alguacil. A veces, se pierde entre la revoltura, o el permiso se le concede demasiado tarde para que alcance a llegar a su turno. Su supervisor lo apoya pero, “ella dice que no puede seguir poniéndome en el horario cuando no puedo trabajar”, dijo.

“Me preocupa que estoy a punto de perder mi empleo”, dijo.

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Un lunes por la mañana a principios de septiembre, Baldon estaba de regreso en el tribunal por cuarta vez. La semana anterior, comenzó su último año de secundaria y llevó una copia de su horario de clases para mostrarle a su abogada de oficio, quien, después de dos horas de que la corte había sido llamada a sesión, aún no se había presentado.

Baldon lleva una carga completa de cursos este semestre, incluyendo matemáticas avanzadas, escritura creativa y debate. Todavía está trabajando en el mismo restaurante del centro, un Wendy’s justo al norte del distrito financiero, pero sigue perdiendo turnos.

Roy Baldon, el hermano mayor de su papá, lo acompaño a corte ese día, frustrado porque, a tres meses después del arresto de su sobrino, aún no hay una resolución a la vista. De 6 pies 7 pulgadas, Roy Baldon tiene una presencia imponente y un estilo sin sentido. “Siéntate recto”, le dijo a su sobrino mientras lo interrogaba sobre su horario de clases. Todos los que oyeron se sentaron un poco más derechos.

Los abogados asignados a la sala 201 charlaban, poniéndose al día después del fin de semana. El juez, un hombre blanco mayor con anteojos de montura metálica y bigote gris, se escuchaba hablando del juego de futbol de la noche anterior con un abogado hasta que su micrófono se apagó.

Entre el 2007 y abril del 2012, hubo 4,351 jóvenes de 17 años que fueron acusados por delitos graves en salas tribunales como la 201. Los afroamericanos conformaron más de tres cuartas partes entre aquellos cuya raza y origen étnico fueron registrados en los datos del condado.

En promedio, entre el 2007 y el 2010, el número de jóvenes acusados por delitos graves fue aproximadamente 722. Luego, en el 2010, una ley de Illinois que regresaba los casos de delitos menores a los tribunales juveniles entró en vigor. Al año siguiente, el número de condenas se disparó por un 16.7 por ciento a 907.

La categoría criminal que vio el mayor incremento desde que la ley cambió fue robos, la cual creció por un 77 por ciento. En el 2010, sobrepasó las drogas como la razón No. 1 por la que los jóvenes eran acusados de delitos graves.

Elizabeth Clarke, directora ejecutiva de la Iniciativa de Justicia Juvenil, un grupo activista que ayudó a redactar la ley, se preguntó si el incremento de condenas asciende a una “reacción involuntaria” ya que los menores enfrentan cargos más duros en lugar de ser enviados a los tribunales juveniles.

Pero Stephanie Kollmann, miembro clínico del Centro de Justicia Infantil y Familiar de la Universidad Northwestern, especuló que un “obstáculo procesal” puede dar cuenta del aumento. Muchas veces, los acusados reciben cargos por un delito más serio pero mediante acuerdos de declaración de culpabilidad se arreglan en un cargo por una ofensa menor. Cuando se trata de casos de bajo nivel, como robo, negociar los casos de menor nivel requeriría trasladar a los adolescentes a una jurisdicción juvenil.

“Lo que sospecho que está pasando es que los jóvenes no están recibiendo el beneficio de la negociación”, dijo Kollman. “Una vez que eres clasificado como adulto, te quedas en ese sistema”.

Baldon se presentó a corte listo para declararse culpable ese día—bajo los términos adecuados.

No importa ni que él ni su abogada hayan tenido la oportunidad de revisar la grabación de audio que la policía dice tiene como prueba de una venta de drogas. O que su caso tribunal carece de tantos detalles que nunca ha visto un reporte policial completo que describa lo que lo llevó a su arresto.

“En muchos de estos casos con jóvenes hay muchas preguntas sin respuesta”, dijo Roy Baldon. “Es como si los atacaran por la espalda. No saben lo que está pasando. El juez no sabe lo que está pasando. Nadie sabe lo que está pasando”.

Cuando la abogada de Baldon finalmente se presentó, él la siguió hasta el estrado del juez, al igual que un puñado de jóvenes afroamericanos que se acercaron al estrado antes que él, su postura se amplió, y sus manos se doblaron reflexivamente detrás de su espalda. Su abogada y el juez intercambiaron palabras, y ella hojeo su calendario de bolsillo. La conversación duró menos de dos minutos. La próxima audiencia fue fijada para tres semanas después.

Luego la abogada le dio la noticia a Baldon de que se va a retirar.

“¿La puedo llamar?” dijo, siguiéndola afuera de la sala hasta el corredor del segundo piso.

Ella le dio su número.

“Funcionará hasta el 28 [de septiembre]”, dijo con un pie en la puerta.

“¿Qué me dice de conseguir libertad condicional?” le preguntó.

“Pondré una nota en tu expediente”, dijo antes de deslizarse por las escaleras y desaparecer de su vista.

Baldon no parecía frustrado, o enojado. Bajó su cabeza con tristeza

“Espero que cuando venga el [9 de octubre], reciba una oferta”, dijo.

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Illinois estuvo a la vanguardia de una reforma de justicia juvenil hace más de un siglo cuando los legisladores crearon un sistema que separaba a los jóvenes de los delincuentes juveniles. La idea era que si había sistemas aptos para la edad establecidos—desde servicios escolares hasta consejería—los jóvenes tendrían mejores posibilidades de cortar los lazos con el crimen y convertirse en adultos productivos.

Con los años, los legisladores de Illinois han adoptado leyes adicionales que despejan el camino para los menores de edad, menores de 17 años, para ser trasladados a los tribunales de delitos graves para adultos debido a crímenes violentos como llevar un arma a la escuela o asesinato. Aunque son menores de edad, estos acusados no son tratados con guantes de seda en el sistema de adultos; son interrogados y se les permite declararse culpables por su propia cuenta.

Si los legisladores de Illinois siguieran a sus colegas por todo el país y decidieran regresar a más jóvenes de 17 años al sistema juvenil de justicia, los adolescentes aún estarían sujetos a las leyes de traslado por crímenes violentos, Timberlake señaló.

“Tenemos la capacidad de trasladar a jóvenes de 17 años a los tribunales por delitos serios. Y eso es importante”, Timberlake dijo. “No tenemos la capacidad de trasladarlos a [los tribunales juveniles] por un delito de menos seriedad”.

Aunque la comisión del gobernador inicialmente tuvo un comienzo lento, el ritmo se está acelerando. La investigación preliminar se dio a conocer en septiembre, y, para finales del otoño, los miembros esperan concretar una serie de recomendaciones sobre si todos los jóvenes de 17 años deben ser trasladados a los juzgados juveniles. Si se mantienen en la fecha prevista, su reporte sería entregado antes de que una nueva Asamblea General de Illinois sea investida en enero.

Raoul dijo que es muy pronto para predecir cómo el nuevo cuerpo de legisladores reaccionará al aumentar la edad de la jurisdicción adulta a 18 años. “Hay gente que no quiere parecer dócil con el crimen”, dijo.

Después de trabajar con la legislatura en diferentes reformas en los últimos años, Clark se siente más optimista, particularmente porque ha habido apoyo bipartidista en otras cuestiones de justicia juvenil en el pasado.

La miembro de la comisión Julie Biehl, quien es directora del Centro de Justicia Infantil y Familiar, dijo que hay demasiada ambigüedad acerca de quién se considera niño ante los ojos de la ley. Su esperanza es que la legislatura fijará un estándar uniforme, con todos los jóvenes de 17 años mantenidos en el sistema juvenil de justicia.

“Necesitamos una línea clara”, Biehl dijo.

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Baldon aún estaba en la primaria cuando se comenzó a juntar con tipos mayores que vendían drogas no muy lejos de la cuadra llena de hierba y basura donde la policía le dio cargos por tráfico de heroína.

Para cuando tenía 15 años, entrando a los 16, el dinero que veía que los otros tipos ganaban se veía demasiado bueno para dejarlo pasar. “Era lo único que me llamaba la atención”, Baldon dijo.

Juzgando por los propios datos de arrestos del Departamento de Policía de Chicago, él no estaba solo. Más adolescentes—1,117—fueron arrestados por delitos graves de drogas en el Distrito Harrison del oeste de la ciudad que en cualquier otra parte de la ciudad en el 2009 y 2010.

“Es la antigua oferta y demanda”, Timberlake dijo. “Si los jóvenes anglosajones de Skokie manejan hasta Austin para comprar, los jóvenes de Austin se la van a vender. No veo que haya muchos trabajos en Austin”.

La policía lanzó la Operación COPE a principio del año para restaurar el orden en una esquina del vecindario donde el Sargento del Distrito Harrison Daniel Allen dijo que las ventas de drogas “eran increíbles”.

El distrito de Allen del oeste de la ciudad se extiende por North Lawndale hasta East Garfield Park y partes de Humboldt Park. Los jóvenes de 17 años de esas tres comunidades, junto con el vecino Austin, representan casi una tercera parte de las condenas en el Condado de Cook durante la última década.

“Las drogas se venden por sí mismas”, dijo Allen, ex oficial de táctica que trabajó en el área de narcóticos. “Pero nadie es una víctima por hacer lo que hace. No eres víctima. Eres delincuente”.

En el caso de Baldon, él es delincuente reincidente. El 18 de febrero él estaba caminando en la cuadra con un amigo cuando la policía lo esposó por vender heroína con un valor de $60. Como delincuente por primera vez, un juez decidió desechar su caso a cambio de que el joven fuera a la escuela de drogas durante cuatro días y mantuviera su nariz limpia. Baldon admitió que su primer encuentro con la ley no fue mucho más que un “manazo”.

El caso fue desechado el 6 de julio, pero el cargo inicial fue añadido de nuevo a su caso, haciendo la libertad condicional poco probable.
“Podemos encerrar a 1,000 personas, y eso no va a ayudar a la comunidad”, dijo Allen, quien creció en el oeste de la ciudad y aún vive en el área. En su mente, “la reforma es la asunto más grande”.

“Cuando los jóvenes son encerrados, cuando salen de la cárcel, ¿qué les queda por hacer?” dijo. “Debido a su ambiente, van a cometer estos crímenes de nuevo porque no vienen de un ambiente controlado o se sienten tentados por el dinero rápido”.

El año pasado, la madre de Baldon lo mudó a un edificio en una calle a sólo unas cuadras al este, donde el tráfico abierto de drogas es menos frecuente. “Es mucho más tranquilo”, dijo desde el porche de su departamento del tercer que da hacia una serie de casas selladas. Pero no es exactamente un respiro.

“Nuestra comunidad está en mal estado. Los traficantes salen a tempranas horas de la mañana. Hay vagabundos por todas partes”, Baldon dijo. “Ya estoy acostumbrado—a todo desde tiroteos a la gente sobre dosificándose hasta los traficantes que van a la cárcel o que pierden la vida. He visto todo”.

La realidad de que él podría quedar atrapado en el vecindario sin nada que hacer excepto vender drogas pesa más sobre Baldon en estos días.

“Todavía soy un niño, pero a esta edad, tengo que aprender a ser un joven adulto”, dijo.

“Vi  donde me iba a llegar”, agregó Baldon. “Nunca quise ser etiquetado como estadística: el típico hombre afroamericano, muerto o en la cárcel o abandonando la secundaria, o en la esquina, poniendo su energía en lo equivocado. Cosas negativas”.

Para finales de febrero cuando obtuvo la entrevista en el Wendy’s del centro, donde la amiga de su mamá es supervisora, Baldon se moría por probar algo nuevo.

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“Dicen que el cambio es vida”, Baldon dijo, “pero el cambio es opcional”.

A seis meses de haber conseguido el trabajo en Wendy’s, aún trabaja cuatro o cinco días a la semana. En días de escuela, llega al centro para el turno de las 5 a la media noche. En fines de semana, usualmente comienza a las 3 p.m.

“Me encanta mi trabajo”, Baldon dijo. “Es divertido satisfacer a tus clientes. Te cuentan chistes. Les caigo bien. Los supervisores están trabajando conmigo”.

La paga no está mal tampoco. Cada dos semanas, Baldon gana entre $300 y $500. No es mucho menos de lo que ganaría vendiendo drogas, aunque solía trabajar muchas menos horas.

Sigue recordándose que la escuela necesita ser su máxima prioridad, aunque a menudo “se distrae”, mayormente con las niñas y manteniéndose al día con sus amigos.

“Parece que va a ser un buen año escolar”, dijo. “Estoy listo para terminar la secundaria”.

Sus problemas legales han hecho el llegar a clases todo un desafío; perdió los tres primeros días de clases debido a otra confusión en la oficina del alguacil.

Si pudiera elegir una carrera, sería arquitecto. Se imagina que es una buena opción porque, junto con su aptitud por las matemáticas, es bastante hábil. Ha cambiado luces, reparado una puerta descompuesta y construido una cerca para su mamá. “Siendo el hombre de la casa, tienes que arreglar las cosas”, dijo.

Baldon espera obtener una libertad condicional “710-1410”, lo que significa que el caso por drogas seria eliminado de su expediente si se mantiene alejado de los problemas. Su extrovertida defensora pública dijo que es muy poco probable debido a su previo caso.

Aproximadamente el 4 por ciento de los jóvenes acusados desde el 2007 han recibido esa sentencia.

“Hay muchos niños de vecindarios como el nuestro que son exitosos aunque sea una lucha constante”, dijo Roy Baldon, quien se siente optimista de que su sobrino va a cambiar las cosas.

Si el llegar a un acuerdo con la fiscalía es el primer paso para un borrón y cuenta nueva, Baldon está a favor. Después de sentirse en el limbo por tres meses, ya está listo para salir del arresto domiciliario y seguir con su vida. “Estoy cansado”, dijo. “Y no quiero pasar por lo mismo otra vez”.

Contribuyó: Safiya Merchant.

acaputo@chicagoreporter.com

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